
«El que piensa que esto es solamente fútbol, no entendió nada.»
Una reflexión sobre los Mundiales, la familia, los abrazos, el paso del tiempo y esas pequeñas cosas que terminan siendo las más importantes.

Hay quienes creen que un Mundial es apenas once jugadores (o veintidós) corriendo detrás de una pelota.
No entendieron nada.
Porque el fútbol, en la Argentina, nunca fue solamente fútbol. Es la excusa perfecta para abrazarnos, para creer cuando todo parece perdido, para volver a sentirnos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.
Vivimos en un país donde, casi siempre, nos toca perder cuando nos comparamos con el resto del mundo. Perdemos en estabilidad, en poder adquisitivo, en previsibilidad. Nos acostumbramos a que las noticias duelan más de lo que alegran.
Pero cada cuatro años sucede algo extraordinario.
La pelota empieza a rodar y, de golpe, dejamos de ser pobres en tantas cosas para volvernos inmensamente ricos en otras.
Ricos en ilusión. Ricos en esperanza. Ricos en abrazos.
Durante un mes fuimos ricos.
Este Mundial fue distinto para mí.
Felipe, mi hijo, tiene diez años y, por primera vez, lo vivió con verdadera conciencia. Todo empezó mucho antes del debut. El álbum de figuritas, los grupos, el fixture, las cuentas para imaginar cruces, los nombres de jugadores que hasta hacía poco le resultaban desconocidos. Sin darse cuenta, empezó a enamorarse del Mundial mucho antes del primer partido.
Y yo tuve el privilegio de acompañarlo.
Compartimos cada encuentro, desde el primero hasta la final. Vivimos juntos los nervios, las cábalas, los gritos desaforados, los silencios eternos cuando el reloj parecía no avanzar y esos abrazos que aparecen solos, sin pedir permiso, cuando la felicidad no entra en el cuerpo.
Mientras todo eso ocurría, no dejaba de pensar que estaba viviendo uno de esos momentos que la vida regala muy pocas veces. De esos que uno sabe, mientras suceden, que jamás va a olvidar.
Yo también fui un chico que midió su vida a través de los Mundiales.
Tengo 47 años y fui un privilegiado. Lo vi jugar al Diego y también a Messi. Dos fenómenos que marcaron generaciones enteras y que hicieron felices a millones de argentinos.
Y ahora me tocaba ver cómo mi hijo empezaba a construir sus propios recuerdos.
Hubo una tarde que guardaré para siempre.
La victoria frente a Inglaterra fue una de esas alegrías imposibles de describir. Una felicidad que explotó en cada rincón de la casa (y del país) y que, como un regalo del destino, pudimos compartir también con mi mamá. Tres generaciones abrazadas por una misma camiseta. Como en el 86. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse apenas un rato para regalarnos otro recuerdo imborrable.
Claro que queríamos ganar la final.
Claro que duele.
Pero el deporte, como la vida, no siempre recompensa con un trofeo.
Cuando terminó el partido, Felipe, entre lágrimas, repitió la frase que tanto venimos diciendo estos últimos días
“Aprendimos que nunca hay que rendirse papá”.
Y entendí que, quizás, ese era el verdadero campeonato.
Porque la vida tampoco garantiza finales felices. A veces se gana y otras veces toca aplaudir al rival, secarse las lágrimas y volver a empezar. Lo importante es no dejar de creer.
Tal vez por eso el que piensa que esto es solamente fútbol no entiende nada.
Esto habla de los abrazos entre un padre y un hijo. De una abuela emocionándose. De las figuritas pegadas con paciencia. De las cábalas. De las sobremesas interminables donde creemos tener la posta para ganar. De los recuerdos que, sin saberlo, empezamos a construir mucho antes del primer partido.
La copa no vino para casa.
Pero me quedó algo mucho más valioso.
El privilegio de haber visto a mi hijo vivir su primer Mundial de verdad.
Y la certeza de que, dentro de muchos años, cuando él intente explicar por qué ama tanto esta camiseta, no empezará hablando de una final perdida.
Empezará hablando de un abrazo.
Del nuestro.
Porque, al final, eso era la verdadera victoria.
Y durante un mes, gracias al fútbol, fuimos inmensamente ricos.

