Renuncias estratégicas, reemplazos calculados y sesiones hechas a medida. En Marcos Juárez el año electoral empezó con una partida de ajedrez entre dirigentes golpeados y cuestionados, más atentos al tablero político que al humor de una ciudad que ya los mira con escepticismo.

 

Por Fernando Molina, Director de SEMANARIO 

 

Dicen que enero es un mes muerto. En Marcos Juárez no. Acá enero es temporada alta de ajedrez.

Sin turistas. Sin sierras. Sin descanso. Pero con operadores.

La partida arrancó en diciembre con la renuncia del concejal Ros Artayeta. En los papeles, un gesto administrativo. En la vida real, una jugada quirúrgica.

Porque detrás no venía un suplente cualquiera. Venía Mariano Fidelio, ex secretario privado de Dellarossa y un hombre que fue despedido del municipio por Majorel. Si lo traducimos, no era un reemplazo, era un refuerzo.

Un simple movimiento de lista que podía –y puede-  alterar la mayoría del Concejo Deliberante y, aunque suene raro, quitarle al oficialismo algo que en política vale más que cualquier discurso. Me refiero ni más ni menos que al control y a la mayoría.

Ahí se terminó la ingenuidad.

El oficialismo sacó del manual el viejo truco reglamentario de las sesiones extraordinarias.

Ese invento criollo que sirve para tratar de todo… menos lo que molesta.

No se puede discutir la renuncia. No se puede hablar del ingreso.

Pero sí —casualmente— se puede cambiar la conducción del PROMUVI, ese corazón administrativo donde todavía quedaban alfiles –como Cornaglia- del otro lado del mostrador.

Cuando la partida viene fea, algunos mueven piezas. Acá directamente giraron el tablero.

Todo legal. Todo prolijo. Todo sospechosamente oportuno.

El problema es que esta guerra de estrategas ocurre mientras los generales llegan heridos.

De un lado, Dellarossa, el histórico dirigente y líder. El intendente “hacedor”, el hijo de Henry, etc. Pero hoy por hoy se lo cuestiona fuertemente por haberse abrazado al cordobesismo. Los propios lo miran de reojo y los cordobesistas no lo consideran uno de ellos.

Del otro, Majorel, a quien se la acusa de haber “chocado la calesita” con una gestión que prometía arranque fuerte pero lo que se observa son calles rotas, basura acumulada y una sensación general de ciudad cansada, desprolija, a la deriva. Como si alguien hubiera puesto el piloto automático… y se hubiera bajado.

Se pelean como enemigos históricos pero el vecino los mira a los dos con una cara parecida

No de bronca, de cierta decepción.

Así empezó el año electoral, discutiendo poder más que gestión.

Mucho ajedrez. Poca ciudad.

Y lo más curioso de esta partida es que todos se creen reyes.

Cuando en realidad  la gente empieza a tener la sensación de fichas gastadas.