Font y Dellarossa  concentraron buena parte de los cruces y terminaron ocupando el centro de una discusión a la que Pasquali intentó subirse a fuerza de preguntas, aunque ninguno pareció demasiado interesado en hacerle lugar en el ring. Crescente atravesó la noche con una “peligrosa” tranquilidad, Escobar sostuvo su perfil del trabajador y microemprendedor  y Elzaurdia volvió a hacer pie en la problemática social. Hubo archivo, facturas pendientes, buenos cruces y algunas incomodidades. Pero también varias pelotas que quedaron picando frente al arco y candidatos que, cuando llegó el momento de definir, descubrieron que una cosa es llegar al área y otra bastante distinta meterla adentro.

 

Por Fernando Molina, Director de SEMANARIO

 

Primero, lo que corresponde.

Agradecer la invitación para presenciar el debate y reconocer el trabajo de la TRU, que organizaron una propuesta necesaria para una ciudad que está a pocos días de elegir a su próximo intendente.

También fue muy buena la conducción de los colegas y amigos Juan Manassero y Ricardo Agusti.

El formato era ordenado y tenía algo que debería ser obvio en un debate, aunque últimamente no siempre lo sea, permitía debatir.

Había tiempo para exponer, posibilidad de elegir a quién preguntarle, escuchar la respuesta y después quedarse con la última palabra.

Prácticamente un arma cargada arriba de la mesa.

Después había que agarrarla. Y ahí empezaron las dificultades.

Porque una cosa es tener tres minutos para contar que uno quiere una ciudad más linda, moderna, segura, inclusiva, productiva, saludable y, si queda tiempo, feliz.

Otra bastante distinta es mirar al candidato de enfrente y preguntarle cómo piensa hacerlo, cuánto cuesta, de dónde sale la plata o por qué no lo hizo cuando tuvo la oportunidad.

Ahí empieza la política. Y ahí varios prefirieron bajar un cambio.

El reglamento les había entregado un bisturí. Algunos lo usaron. Otros lo miraron como quien encuentra instrumental quirúrgico en el cajón de los cubiertos.

Buena parte de las preguntas terminaron concentrándose sobre Germán Font y Pedro Dellarossa

Por razones diferentes.

Dellarossa tiene un problema inevitable y, al mismo tiempo, una ventaja. Tiene pasado.

Fue intendente, conoce cada rincón de la Municipalidad y representa además a un espacio político que gobernó Marcos Juárez durante los últimos doce años.

Eso permite decir “yo sé cómo se hace”. Pero también habilita una pregunta bastante menos confortable. “¿Y por qué no lo hiciste?”

Son los pequeños inconvenientes de haber gobernado.

Font también conoce los pasillos del Estado y la gestión, pero varias veces quedó obligado a explicar cómo llevaría a la práctica algunas de las propuestas que viene planteando y, fundamentalmente, de dónde saldrían los recursos.

Porque las campañas tienen una costumbre encantadora, las ideas suelen ser gratis. Gobernar tiene la pésima costumbre de mandar la factura.

Así apareció la primera imagen política interesante de la noche. Sin que nadie lo decretara, buena parte del debate terminó mirando hacia Font y Dellarossa

Pasquali entendió dónde estaba la conversación e intentó meterse. Preguntó, cuestionó y repartió hacia distintos sectores.

El problema es que para subir a un ring hacen falta dos. Y ni Font ni Dellarossa  parecieron demasiado interesados en correrle las sogas.

Pasquali cuenta además con una ventaja formidable, nunca gestionó ni ocupó cargos públicos.

Es, electoralmente hablando, una especie de virginidad administrativa. Puede cuestionar casi todo sin que nadie pueda devolverle la pregunta más incómoda de la política. “¿Y vos qué hiciste cuando gobernaste?”

Porque nunca gobernó.

Se presenta desde su experiencia en la administración privada. Perfectamente válido.

El pequeño inconveniente es que administrar una empresa y administrar un Estado se parecen bastante menos de lo que algunos manuales de campaña prometen.

Una empresa y un municipio pueden tener empleados, presupuestos, problemas y hasta café feo.

Después empiezan las diferencias.

En el Estado aparecen ordenanzas, tribunales de cuentas, licitaciones, concejales, burocracia, responsabilidades administrativas, intereses contrapuestos y ese detalle insoportable llamado política.

Nada imposible de aprender. Pero tampoco viene incluido con el título de Contador.

Por momentos Pasquali pareció confundir dos cuestiones, estar habilitado para cuestionar la administración y estar preparado para administrarla.

Para lo primero alcanza con detectar errores. Para lo segundo hay que resolverlos.

Y de especialistas en señalar que todo funciona mal está bastante bien abastecida la Argentina.

Uno de los momentos más intensos llegó justamente entre Pasquali y Font.

Y tuvo algo de comedia involuntaria.

Pasquali, candidato identificado con el espacio libertario, decidió cuestionar a Font por la situación del PAMI.

Sí. Así como lo lee, el PAMI.

El organismo nacional.

Dependiente del Gobierno nacional.

Este Gobierno nacional.

Font recibió una pelota que estaba prácticamente detenida sobre la línea. Solamente había que empujarla.

Podía devolverle a Pasquali una pregunta bastante sencilla. Cómo explicaba desde su propio espacio político la terrible situación que atraviesan los afiliados locales de un organismo cuya conducción depende justamente del Gobierno nacional.

No era necesario llamar a Guardiola. Había que patear.

Pero Pasquali consiguió incomodarlo, ambos utilizaron allí el único derecho a réplica disponible y protagonizaron uno de los pocos ida y vuelta realmente intensos de la noche.

Font tuvo la devolución servida. Acomodó el cuerpo. Tomó carrera. Y la mandó arriba del travesaño (Me acordé de Martínez Quarta, perdón soy de River y estoy sensible)

Otro momento de tensión tuvo como protagonistas a Font y Dellarossa.

Font abrió el archivo.

Y cuando en política alguien abre el archivo, siempre conviene revisar si uno aparece adentro.

Sacó a relucir viejas facturas correspondientes a viáticos que Dellarossa había presentado cuando presidía el Concejo Deliberante y que, según planteó durante el debate, habían sido observadas por el Tribunal de Cuentas porque coincidían con actividades vinculadas a una campaña política y no con gestiones para la ciudad.

Dellarossa tuvo un momento de amnesia, dijo no haber hecho eso y consideró que el planteo estaba descontextualizado y por lo tanto no iba a responder. (Dellarossa no recuerda, pero Fidelio seguro que sí, de hecho le costó el puesto en la municipalidad)

Y ahí murió el tema.

Durante algunos segundos el debate abandonó ese territorio maravilloso donde todos prometen cosas que todavía no hicieron y entró en uno bastante más peligroso, las cosas que efectivamente hicieron.

El archivo tiene ese defecto. No discute intenciones. Tiene fechas.

Crescente transitó la noche por un camino bastante diferente. La prudencia.

Prácticamente nadie la interpeló y ella tampoco eligió una estrategia confrontativa que la colocara en el centro de la discusión.

Mientras alrededor volaban algunas piedras, Crescente consiguió atravesar el debate sin romper ningún vidrio. Eso puede leerse como una virtud. También tiene un problema. No es lo mismo salir sin marcas que dejar alguna.

Y resulta llamativo porque historia política para preguntarle no falta.

Fue durante ocho años secretaria de Gobierno de Dellarossa y en la elección anterior fue candidata dentro del espacio provincial de Juan Schiaretti.

Material había. Sin embargo, pasó buena parte de la noche fuera del radar de sus adversarios.

Nadie la puso seriamente contra las cuerdas. Ella tampoco pareció demasiado interesada en ponerse los guantes.

En política, la prudencia puede ser una virtud extraordinaria. En un debate, a veces también es una manera muy prolija -y peligrosa- de volverse invisible.

La noche dejó además expuesta una diferencia que las campañas suelen esconder detrás de slogans y videos con música inspiradora.

No es lo mismo imaginar el Estado que haberlo transitado.

Dellarossa, Font y la propia Crescente conocen la gestión pública. Conocen procedimientos, números, limitaciones y esa extraordinaria colección de pasillos que existe entre anunciar una obra y conseguir que efectivamente se haga.

Eso no los convierte automáticamente en mejores candidatos. También los obliga a responder por lo que hicieron.

Quienes nunca gestionaron pueden aportar otra mirada, detectar vicios que quienes llevan años adentro naturalizaron y preguntar por qué algo que parece sencillo termina siendo extraordinariamente complicado.

El problema aparece cuando se confunde lo deseable con lo posible.

Y ahí Pasquali dejó algunas dudas. Su cuestionamiento a la administración terminó mostrando, por momentos, la mirada de alguien que observa el Estado desde afuera y supone que diagnosticar sus problemas equivale a saber resolverlos.

No es lo mismo.

Un relator puede explicar perfectamente por qué un equipo juega mal. Eso no significa que haya que darle el buzo de técnico el domingo siguiente.

Escobar mantuvo  el perfil que viene mostrando durante toda la campaña, el trabajador y microemprendedor que explica su incursión política como consecuencia de una realidad que lo empujó a involucrarse. Se le complica cuando tiene que explicar que mucho de la dura realidad que transitan los de su sector está directamente relacionada con las políticas del gobierno que él tanto apoya.

Elzaurdia volvió a concentrarse sobre la problemática social.

Es el territorio desde el cual construyó buena parte de su campaña, el territorio que verdaderamente conoce y allí decidió permanecer.

Cada uno jugó con las cartas que tenía.

La organización hizo su parte. Puso tiempo, reglas, preguntas, respuestas y réplicas. Difícil pedir mucho más sin entregarles también un asesor debajo de la mesa.

Si faltó algo, no fue formato. Faltó animarse a usarlo un poco mejor.

Porque debatir no es solamente preguntar. También es escuchar la respuesta, detectar dónde apareció la contradicción y saber qué hacer con ella.

No hubo nocaut. Tampoco hacía falta.

Hubo algunos golpes, varios amagues y demasiados guantes que volvieron al rincón sospechosamente limpios.

Quizás sea comprensible. A diez días de una elección, una buena noche puede sumar algunos votos, pero una estupidez monumental puede regalar muchos más.

Entonces todos cuidaron algo.

Algunos, demasiado.

Y quedó esa sensación de una buena oportunidad aprovechada a medias.

El escenario estaba. Las reglas también.

Y varias pelotas quedaron picando en el área.

Ahora faltan diez días.

El 6 de septiembre ya no habrá preguntas, respuestas ni derecho a réplica.

La última palabra la tendrán los vecinos. Y esos sí van a patear.