5.500 jubilados sin cobertura en la ciudad, un parche que los manda a Villa María y dirigentes explicando por qué la culpa es del otro. ¿El sistema? No está del todo roto, está atado con alambre… y si se corta, vemos.

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Por Fernando Molina, Director de SEMANARIO

Usted, sí, usted que está leyendo esto, haga un ejercicio simple. Imagine que tiene 75, 80 u 85 años. No maneja. Cobra muy poquito. Le duele algo que no sabe bien qué es, pero sabe que no está bien.

Ahora imagine que le dicen “quédese tranquilo, tiene cobertura… en Villa María”.

Ahí lo tiene. Ese es el sistema de salud que tenemos.

No colapsó ayer. No se cayó de golpe. Se fue desarmando de a poco, como esas cosas que uno sabe que van a terminar mal, pero igual las deja estar. Hasta que un día… fin. Punto.

El cierre del Sanatorio Sudeste no es la noticia. Es la confirmación. La confirmación de que lo que había ya no alcanzaba. Y de que nadie, absolutamente nadie, hizo lo suficiente para evitarlo.

Entonces aparece la solución. Porque siempre aparece una solución. Argentina es el país donde nunca hay soluciones, pero siempre hay “soluciones”.

¿En qué consiste? En trasladar la cápita a Villa María. Listo. Problema resuelto. Siguiente tema.

Después, si el jubilado tiene que viajar, si necesita que alguien lo lleve, si hay una urgencia, si hay una cirugía, si hay una internación… bueno, esos son detalles. Detalles logísticos. Detalles humanos. Detalles menores.

Total, el Excel cierra.

El municipio, por su parte, les tira una soga. Pone a disposición el Centro Materno, arma consultorios, contiene. Y está bien. Es lo que corresponde. Pero no nos confundamos, eso no es un sistema de salud. Es un sistema de emergencia.

Es, básicamente, atar con alambre (por un rato)

Y mientras usted intenta entender cómo llegamos a esto, la política le ofrece el clásico de siempre, el gran torneo nacional de “yo no fui”.

Que el PAMI. Que la Nación. Que la Provincia. Que el Municipio. Que los de antes. Que los de ahora.

Y todos tienen un poquito de razón. Y todos tienen un poquito de culpa. Pero, sobre todo, todos tienen algo en común, ninguno resolvió el problema.

Porque sí, el PAMI es nacional. Y alguien en Nación debería estar dando la cara, debería dar explicaciones en vez de mirar para otro lado. Pero también es cierto que acá, en esta ciudad, hubo dirigentes que pidieron votos, que se sacaron fotos, que prometieron, que acompañaron.

Y hoy, curiosamente, están sorprendidos.

¿De verdad?

¿De verdad nadie vio venir esto?

¿De verdad hacía falta que cierre un sanatorio para darse cuenta que el sistema estaba al límite?

Mientras tanto, estamos en campaña. Y eso se nota. Se nota en las declaraciones, en las críticas, en la necesidad casi desesperada de sacar una ventaja.

Porque cuando la realidad es incómoda, la política hace lo que mejor sabe hacer, hablar de otra cosa… o hablar mucho para no decir nada.

Y en el medio, otra vez, ellos. Los jubilados. Los que no tienen margen de error. Los que no pueden esperar a que se pongan de acuerdo. Los que no pueden elegir.

Ellos dependen de esto. De este sistema. De este parche. De este “vamos viendo qué onda”.

Y eso, a esta altura, ya no es un problema sanitario, es otra cosa.

Es el momento exacto en el que una sociedad acepta que lo esencial funcione más o menos. O peor aún, que deje de funcionar.

Pero quédese tranquilo, seguro en estos días anuncian una mesa de trabajo o algo de eso.

Otra más.

Para seguir atando con alambre.

Hasta que, otra vez, no alcance.